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Entrenamiento defensivo en fútbol base

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Empezar por la defensa no es una obsesión táctica, es una decisión pedagógica. Y puede marcar la diferencia en la evolución de tu equipo.

A menudo me preguntan por qué recomiendo comenzar los procesos de entrenamiento desde la parte defensiva. La razón es muy simple: cuando los jugadores se sienten protegidos, se liberan. Y esa seguridad defensiva se convierte en el trampolín que les permite atreverse más en ataque, arriesgar con menos miedo a fallar y conectar de verdad con el juego.

Piensa en un partido de fútbol 8. Las zonas de finalización están llenas de espacio, de decisiones y de presión. Muchos jugadores se cohíben porque temen que perder el balón termine en gol en contra. Pero si saben que el equipo está bien estructurado atrás, ese miedo disminuye. El mensaje de “no pasa nada si pierdes el balón” deja de ser solo una frase y se convierte en una sensación real.

Por eso, en las primeras semanas de entrenamiento suelo introducir movimientos como la basculación, la cobertura, la presión y la vigilancia. No hace falta que sean ejercicios cerrados ni repetitivos. Pueden trabajarse en juegos, tareas adaptadas al nivel del grupo, y siempre buscando que el aprendizaje defensivo no esté reñido con la diversión.

Sé que muchos entrenadores quieren empezar por lo ofensivo porque parece más atractivo, más dinámico, más “divertido”. Y no digo que esté mal. Puede funcionar para enganchar al grupo. Pero tarde o temprano tendrás que trabajar la fase defensiva. Y si no la has presentado de forma estimulante desde el principio, puede que ya sea tarde para generar compromiso.

Un equipo bien trabajado defensivamente no es un equipo que se encierra atrás. Es un equipo que se siente libre para atacar porque sabe que está preparado para recuperar. Y eso cambia todo.

Incluso en los momentos de ataque, hay roles que siguen siendo defensivos. Los centrales que vigilan posibles contras, los mediocentros que equilibran, los extremos que repliegan… Entender que la defensa no empieza cuando se pierde el balón, sino cuando lo tienes, es una lección que transforma la forma de jugar.

Ahora bien, para aplicar ciertos conceptos como un cambio de orientación, necesitas que tus jugadores dominen habilidades concretas: golpeo en largo, control de balones aéreos, posicionamiento, comunicación… No basta con “pedir” el concepto. Tienes que asegurarte de que tienen las herramientas para ejecutarlo. Si no, solo estarás frustrando al equipo.

Y es ahí donde entra la esencia de nuestro trabajo: no solo enseñar fútbol, sino enseñar a entender el juego. Desarrollar una mirada más profunda, más consciente, más global. No se trata de aplicar sistemas de otros. Se trata de construir una identidad desde la comprensión, desde el equilibrio entre lo táctico, lo técnico y lo emocional.

Entrenar fútbol base no es solo ganar partidos. Es acompañar procesos. Y cuando lo haces bien, cuando de verdad entiendes qué necesita tu equipo para sentirse fuerte, la recompensa va mucho más allá del marcador.


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